La Opinión

Apuntes Sobre el Monopolio Trujillista de la Sal

Por: Juan Cruz Triffolio/

Llama poderosamente la atención la manera cómo Rafael Leónidas Trujillo Molina, una vez empezara a orquestar su poder político, recurrió a los monopolios, sin ningún tipo de escrúpulo, en interés de garantizar y fortalecer su base económica.

 

Sus ambiciones lucieron ilimitadas y todo cuanto, para entonces, permitiera acumulación económica, terminó bajo el control absoluto del sátrapa sancristobalense.

 

Así ocurrió con la sal, la carne, la leche, la producción de calzados, el transporte en camiones, entre otros rubros nacionales, sin olvidar, lo que también sucedió con el ejercicio de la política en donde, descaradamente, impuso un partido único, cuya finanza administraba minuciosamente a través de algunos de sus acólitos incondicionales.

 

Tal como expresa el acucioso y prolífico historiador puertoplateño, Rufino Martínez, en su voluminosa interesante obra “Hombres Dominicanos: Trujillo y Heureaux”, los monopolios se convirtieron en una de las “…grandes llagas de la Era”, formados exclusivamente por Trujillo, para “…buscar una fuente de ingresos permanente, importándole poco el dolor que causaba”.

 

Ejemplo de  esa realidad se vivió, en el caso de la monopolización de la producción y comercialización de la sal, en Montecristi, donde fruto de un mal arreglo, el negocio pasó a ser operado por el dictador de origen sureño.

 

En esa demarcación, a partir de entonces, agentes despiadados, incondicionales del oprobioso régimen, empezaron a vigilar el recinto de las salinas “…para aprovecharse de la poca sal esparcida por el suelo y mezclada con arena”.

 

A consecuencia de lo anterior, los instrumentos de trabajo fueron abandonados y los vecinos que por allí residían, ante la imposibilidad de un sustento digno, pasaron a convivir en otros puntos del país para no morirse de hambre.

 

De igual modo, la situación terminó mermando la dinámica de los principales puertos marítimos de la zona, los cuales lucían solitarios.

 

Tal realidad se hizo evidente, tanto en el muelle ubicado en la ciudad del Morro, como en Puerto Plata y Samaná, en donde una mañana cualquiera “apareció todo el aparejo de labor mutilado por miembros del ejército”.

 

En el caso concreto de Las Calderas, en el sur del país, a consecuencia de la monopolización trujillista de la producción y comercialización del mineral en referencia, se dejó de producir sal y el Ayuntamiento de Baní, que cifraba en esa actividad su más importante fuente de recaudación, no contó, a partir de entonces, con esa valiosa contribución.

 

Resultado de la anterior situación se inició la explotación de los yacimientos de sal gema en la provincia Barahona, formándose una compañía por acciones con apariencia de particulares para camuflajear a su verdadero dueño que no era otro que el sátrapa sancristobalense Rafael Leónidas Trujillo Molina.

 

Como inspectores del proceso que implicaba la sal intervinieron funcionarios que actuaban como agentes de orden público, usando revolver, quienes informaban y delataban, al tiempo que no permitían que persona alguna perjudicara los intereses de la mencionada empresa.

 

Para aquel tiempo tuvo la sal un precio fijo pero más alto que el acostumbrado y cuando el producto salía de mala calidad había que consumirlo pues para las familias pobres, esencialmente, no existía otra alternativa.

 

Para tener una idea sobre el panorama que caracterizaba a los asiduos consumidores de la sal de aquellos años, es importante no olvidar lo sugerido por el reputado historiador, Rufino Martínez, cuando en una de sus narraciones destaca que para ese entonces, en determinados trechos de la costa acantilada del norte de la República, el agua arrojada por el oleaje sobre la parte superior rocosa se cristalizaba en sal cruda lo que permitía que los vecinos de campos aledaños aprovechaban el mineral tal y como ocurría en los tiempos de la colonia.

 

De igual modo, el acucioso puertoplateño, resalta que la recogida del mineral “…se conservaba en sacos colgados en la cocina”, por lo que los inspectores al servicio del absolutista gobernante de manos férreas vigilaban, día y noche, para no permitir ese usufructo en perjuicio de los intereses de su amo.

 

El celo y el control en que fue cimentado el monopolio trujillista de la producción y comercialización de la sal, al igual que de otros productos o servicios, hizo que si los serviles del llamado Jefe la encontraban sobre las rocas, la echaban al mar.

 

Otros alcahuetes trujillistas, no menos drásticos y eficientes llegaron al extremo, -en interés de la prosperidad del monopolio establecido-, de prohibir y  hasta penalizar con prisión y torturas a aquellos vecinos pobres que por una necesidad imperiosa tomaban el agua del mar para la alimentación de cerdos criados en pocilgas, considerados por muchos labriegos como “la alcancía de los más necesitados del país”.

 

Una penalidad similar también solía ocurrir con aquellos campesinos de las costas que recurrían a la práctica primitiva de hervir el agua hasta que, por la evaporación, quedaba la sal en el fondo de la paila o caldero.

 

El sistema de vigilancia y control exigido por el mayor beneficiario de la monopolización salina asumió variantes tan diversas como la vida misma incluyendo, desde grandes multas a sus violadores, quienes a muchos ruegos y bajo promesas a no reincidir en el comportamiento censurado, además de comprobarse su insolvencia económica, fueron algunos perdonados.

 

Así fueron maltratados muchos de los asiduos demandantes de un producto de consumo diario, quienes por un considerable tiempo sufrieron los lacerantes latigazos y dolores de un despiadado y desalmado dictador, insaciable en la acumulación de riquezas, capaz de atreverse a manifestar a viva voz, en aquel tramo histórico imborrable, que “el pueblo era más feliz que nunca”.

 

Caramba, cuánta ironía y descaro..!!

 

El autor es Sociólogo – Comunicador Dominicano.

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