La Opinión

El 50 por ciento más 1 voto en la República Dominicana

Por: Juan Inirio/

La normativa constitucional del 50 por ciento más 1 -de los votos requeridos para ganar la presidencia en primera vuelta- no surgió con buena fe en la República Dominicana. Se trató de un truco para derrotar a Peña Gómez de cara a las elecciones de 1996, en las que, prohibida la reelección, Balaguer no podría ser candidato. En principio se contempló que fuera 45 por ciento más 1 voto. Luego se quedó en 50 por ciento más 1. Dicho y hecho. Peña Gómez fue derrotado por el Frente Patriótico Nacional, que también pudiera denominarse el Frente Racista Nacional.

 

En el 2000 el viejo zorro de la política doméstica no volvió a prestar su sombrero y el PRD ganó sin el porcentaje requerido. El problema de Balaguer era con Peña Gómez, no con el PRD.

 

Han tenido lugar desde entonces 5 elecciones presidenciales y, tanto por alianzas insospechadas que han debilitado a partidos tradicionales como el PRD y el PRSC, cuanto por uso de los recursos públicos (¿2008, 2012, 2016?) para retener el poder, o por hambre y sed de cambio -como en 2004 y 2020- no se ha necesitado una segunda vuelta.

 

En cuanto a las alianzas políticas, lo que ha ocurrido en el presente siglo en la República Dominicana en el sistema de partidos es una tragedia colosal. Por un lado, han nacido sin parar partidos que son clubes familiares o de amigos, que no responden a ninguna expresión social o ideológica. Por otra parte, los partidos que encarnaban la historia democrática reciente del país, con sus luces y sombras, han ido extinguiéndose como un dinosaurio en la noche de la prehistoria. El actual sancocho ideológico de los grandes partidos se debe también a que han absorbido a gente de todos partes. No tenemos un sistema de partidos en el que haya sectores específicos de pensamiento y de propuestas, sino una arena política donde la coyuntura y el interés son la piedra angular. Si bien no es insólito que organizaciones de distintas tendencias se den la mano en aras de la estrategia electoral, los casos dominicanos son escandalosos. Líderes que se definen como progresistas aparecen, risueños, firmando pactos con herederos intelectuales de los tiranos, asesinos y xenófobos. Las alianzas que se gestan para lograr el porcentaje constitucional requerido, en vez de perfeccionar un programa de gobierno, responden a un cálculo matemático de repartición de cargos y favores. Para la democracia y para los sectores populares no hay un beneficio concreto, y sí un gran perjuicio, si se da una segunda vuelta: el encarecimiento del costo de una democracia ya bastante caracterizada por exprimir al contribuyente sin un retorno en la cobertura social. Dos elecciones en un año serían una tragedia para la economía dominicana.

 

El punto más luminoso del sistema de doble vuelta es que quien resulta ganador, lo hace con una sólida base popular. Por esto, se aleja el peligro de la autocracia. Si las elecciones son confiables, el aspirante a la presidencia tendrá que contar con suficiente apoyo y concertar con diversos sectores para llegar al poder y permanecer ostentándolo. Esta especie de garantía de gobernabilidad, pluralidad y democracia es lo que ha determinado que, sobre todo en países con una historia de sátrapas, este mecanismo de elección haya perdurado.

 

El 50 por ciento más 1 en la República nació por un instante histórico preciso, se quedó en las sucesivas reformas constitucionales y, curiosamente, es después de casi 30 años que ha vuelto a sonar como una campana que aparentemente preocupa a quienes quieren quedarse y a quienes quieren volver.

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