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El aborto: más allá de la polémica

Por: Ling Almánzar/

Ling Almanzar

Ling Almanzar

Es hora de fijar mi posición sobre el ruidoso tema del aborto.

Se proponen tres excepciones para practicarlo; yo sin embargo acepto una sola: el embarazo por violación. La criatura es fruto de la violencia: por eso la madre no está obligada a tenerla. Aun así es una decisión de ella: lleva en su vientre un embarazo no deseado, producto de la violencia, y no debe estar condenada a parir esa criatura. Si los casos de embarazo por violación son mínimos, deben ser despenalizados. Las otras dos excepciones: el riesgo de la madre y la “inviabilidad” del feto, son pretextos muy peligrosos que buscan relajar la práctica del aborto. Esto merece una minuciosa explicación. No necesito ser médico para entender que, en numerosas ocasiones, la vida de la madre corre un riesgo muy serio. La muerte la acecha, y el dilema aparece: su vida o la vida del niño. La elección es tanto un decreto de vida como una orden de muerte. Es salvación y es condena.

Sin embargo, la elección es siempre la misma: se escoge la vida de la madre, puesto que ella puede recuperarse y concebir nuevamente. La criatura queda como lo que pudo haber sido y no fue. Schopenhauer lo diría mejor: somos pero pudimos haber no sido. La contingencia es la madre de las cosas. No son pocas las causas que pueden amenazar la vida de la madre, desde una preclancia hasta una infusión con intenciones abortivas. Por esto, si se despenaliza esa excepción, muchas mujeres -principalmente jovencitas- se verían estimuladas a tomar infusiones abortivas. La razón es lógica: hacer eso no supondría ya un riesgo legal ni una amenaza penal. Habría también otra consecuencia no menos importante: algunas clínicas harían la práctica apegadas a la despenalización. Y lo más grave: nadie comprobaría la veracidad del caso. Eso convertiría a muchos centros en mataderos de fetos. Así también, no dudo que nos convirtamos en el matadero del Caribe. No exagero: cuando se estimula una práctica, esta cobra mayor fuerza y se convierte en un deporte -y en un gran negocio.

El aborto por “inviabilidad” es otro subterfugio que esconde algo más que la sensibilidad humana de ciertos grupos. Entiendo el argumento: no conviene que nazca una criatura deformada, con dolencias físicas y mentales. Sería una criatura “condenada” por su naturaleza enfermiza. Una carga muy pesada. Es mejor, pues, que no viva. Eso dicen los grupos “sensibles” y humanitarios. Lamento decirles que no lo son tanto: si lo fueran, dejarían vivir a esa criatura. Deberían considerar que hay escuelas y programas especiales para los niños discapacitados. Un niño con síndrome de Down no es un problema: es un reto, una condición especial. A los abortistas les pasa lo mismo que a los homosexuales: llevan en sí una cruel contradicción. Los abortistas deberían agradecer el sacrificio de sus madres que decidieron parirlos. Si era decisión de ellas, los abortistas no debieron haber nacido. Pero la mayor contradicción es la de los homosexuales, pues son hijos de heterosexuales. Concluyo: el tema es muy controversial y convoca pasiones y muchos intereses. Detrás del afán pro-abortista, se esconden muchos intereses y muchos malos olores. Lo advierto.

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