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El burro y la Internet

Por: AGUSTÍN PEROZO BARINAS.

FOTO DE UN BURRO

Como isleños, es natural que pensemos que somos el ombligo del mundo. Y con esta idea muy fija en nuestra psiquis confiamos pensar que somos capaces de mejorar todo lo que nos llega de allende los mares.

Un ejemplo muy básico es el termostato colocado en los vehículos de combustión interna para mantener continua la temperatura. Los fabricantes de vehículos de motor han invertido millones de dólares para desarrollar este dispositivo, sin embargo, los mecánicos criollos ‘recomiendan removerlo’ y de hecho lo remueven, porque ‘eso no se necesita aquí’.

Tenemos ejemplos más complejos que certifican nuestra capacidad para modificar, en diversas áreas, proyectos importados y que al ‘aplatanarlos’ obtenemos resultados distintos, no necesariamente los mejores.

Parece tenemos algo del profesor Pangloss, quien se especializaba en metafisicoteologicocosmonigología, consejero de Cándido en la corta novela de Voltaire. Al presente se agrava esta cualidad con las redes sociales y la creciente proliferación de programas de panel y de opinión, esto sumado a las columnas de articulistas, ideólogos y opinólogos de toda especie. El afán por protagonismo a menudo expone a nuestros nativos sabelotodo al hazmerreír. La Internet, avance tecnológico que suponía que la cultura, el conocimiento y la información ya no serían patrimonio exclusivo de instituciones académicas, se ha convertido en culto a la superficialidad, al síndrome del inmediatismo y la mediocridad.

Arthur Schopenhauer advirtió: “El flujo constante hacia nosotros de los pensamientos ajenos puede desterrar o suprimir los nuestros y ciertamente, a la larga, paralizaría el poder de pensar. Esta inclinación en una multiplicidad de teorizadores es un tipo de succión al vacío de la pobreza de sus propias mentes que, forzosamente, atrae el pensamiento de los demás. Es imprudente leer y conceptuar sobre un tema antes que lo hayamos pensado por nosotros mismos. Cuando leemos, otra persona piensa por nosotros, y sencillamente repetimos sus procesos mentales. Así sucede que si una persona gasta casi todo el día leyendo sin experimentar por sí mismo, gradualmente perderá su capacidad de pensamiento propio”. Esto puede aplicarse a los seguidores de 6 y 8 horas diarias al facebook, tweeter y demás ventanas virtuales. Osho lo resume: “El conocimiento es abstracto, la sabiduría es terrenal; el conocimiento es sólo palabras, la sabiduría es la experiencia”. Esto no es empirismo irrebatible. Más bien, es retomar la vida misma como fuente de aprendizaje.

¿Podremos superar esta cultura huera? No, en el futuro cercano. Ya es un hábito muy arraigado estar conectados a las redes hasta 6 horas por día, intercambiando o descargando informaciones de cuestionado valor para el intelecto. O leer las obras trascendentales de manera ligera, muchas veces tan sólo sus reducciones a meros compendios. Así tenemos en nuestro país lo que Nietzsche describió como ‘la cultura del hombre común’ que está pariendo ingenieros, licenciados y doctores que en realidad no han superado niveles técnicos si los presentáramos en centros académicos de países desarrollados. Claro, excepciones aplican.

La imprenta de Johannes Gutenberg en 1440 impulsó una revolución cultural en Europa. Universalizó la ciencia y el saber. De la misma manera que, guardando la distancia entre las épocas, la Internet ha revolucionado la dinámica social y tecnológica del siglo XX hacia adelante. El alto poder de procesamiento de datos, la enorme cantidad de información disponible al instante, más la interconectividad global, potencian nuestras capacidades intelectuales, pero existe el riesgo de mayor enajenación.

Hasta finales de la década de los noventa, en el siglo pasado, identificábamos la imagen del burro con una persona torpe o, sencillamente ‘bruta’. Si el proceso de alienación continúa tan aceleradamente con las redes sociales y el mundo virtual, el jumento, que se conduce por instinto, rebasará al homo sapiens virtualis en desarrollo de las capacidades mentales. El comportamiento insustancial que evidencia la gente conlleva adversas consecuencias sociales y medioambientales. No podemos concluir que estamos ante una producción en masa de burros pues, con tal temeraria aseveración, faltaríamos el respeto a tan noble animal.

Los sinónimos que relacionábamos al rucio ya no se aplican a este cuadrúpedo. Los está asumiendo el homo sapiens virtualis. Un listado que encarnaría la sandez en que se torna el potencial humano sería como sigue: necio, ignorante, inculto, rudo, adoquín, tonto, imbécil, idiota, zote, corto, zopenco, terco, obstinado, obcecado, zoquete, zafio, rudo, tosco, ordinario, cabezota, indelicado, ceporro, bobo, estúpido, alcornoque, papanatas, grosero, zote, ceporro, cenutrio, obtuso, mentecato, lerdo, memo, leño, cretino, acémila, burdo, entre otros.

El borrico está logrando superar esos adjetivos tan injustamente endilgados, y nos los cede. Una frase como: “Es peor un ejército de inteligentes comandados por un burro, que un ejército de burros comandados por un inteligente”, podría modificarse intercambiando el vocablo ‘burro’ por el de ‘inteligente’, pues burro ya no será el pollino.

perozoagustin@gmail.com

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