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La Guerra de las Américas? parte II: La lucha de los imperios por la hegemonía global contemporánea

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 Por: Marcos José Núñez / “Opinando” /

El innegable ascenso de la República Popular China como potencia emergente, ha replanteado desde mediados de la década pasada, todo el escenario político global teniendo que hablarse no sólo de Estados Unidos como potencia mundial, sino también de Rusia y China conjuntamente, constituyendo una trilogía de potencias imperiales en pugna.

La República Popular China es una realidad en crecimiento y se consolida cada día más, como la segunda economía del planeta muy de cerca de la primera economía, los Estados Unidos de Norteamérica y todo esto frente al debilitamiento que ha sufrido la Unión Europea, la desaceleración de Japón y la desindustrialización de los propios Estados Unidos, esto último, ha obrado en favor precisamente del gigante asiático, principal receptor directo de las inversiones y traslado de capitales desde Norteamérica, en busca de mayor rentabilidad y bajos costes de producción.

No obstante lo anterior, no huelga decir que, la primera gran guerra posterior a la segunda guerra mundial no fue la guerra de Vietnam sino el enfrentamiento entre la República Popular China Comunista del presidente Mao Tse Tung y los Estados Unidos de América del presidente Harry Truman. La guerra de Corea inició en 1950 y no ha concluido 68 años después; de manera sorprendente, existe sólo una tregua o armisticio y es por consiguiente, la guerra más larga de la historia contemporánea de la humanidad; por ello, el gobierno norteamericano del presidente Trump, se avoca a resolver por cualquier vía dicho conflicto a partir del año 2019.

Ese conflicto ha estado matizado y suavizado por el interés de China Popular de prosperar a través del comercio, la economía y no de la guerra en principio, como medio tradicional de dominación y sojuzgamiento del resto del mundo. La división del antiguo Reino de Corea por el paralelo 38, en dos Estados diferentes, uno comunista en el norte y uno pro-capitalista en el sur, aunque pactado, fue un duro golpe para la expansión de la revolución comunista china por toda el Asia Sudoriental y es la deuda pendiente de saldar entre China Popular y Estados Unidos, situación que como hemos dicho, aún se mantiene en el presente.

En cambio, la nueva ruta de la seda en el siglo XXI, como modernización de la anterior ruta de la seda de la edad antigua, ciertamente busca construir vínculos con nuevos mercados de todos los continentes para mejorar el intercambio y expandir la poderosa economía China, hasta convertirla en la principal economía del planeta pero, el plan se ha ejecutado tratando de aislar forzadamente la influencia global de los Estados Unidos, hasta el punto de intentar destrozar su economía interna y provocar un declive social más acelerado, con doctrinas de pensamiento ajenas a la cultura originaria norteamericana, así como, una desleal competencia sobre la superioridad tecnológica vía el robo o plagio de propiedad industrial, con ayuda de sectores importantes de esa gran nación del norte, comprometidos en una conspiración global de largo aliento, para trasferir la hegemonía imperial, desde occidente hacia el oriente, incluso si para ello es necesario una guerra internacional de falsa bandera, en la cual podrían ser sacrificados cientos de millones de seres humanos inocentes e indefensos para justificar la “nueva realidad global.”

El ajuste de cuentas pendiente de China Popular con Estados Unidos por los resultados adversos de la guerra de Corea y el apoyo al Kuomintang o Partido Nacionalista Chino y su escisión de China continental bajo la denominación de República de China-Taiwán, requiere poner presión a su principal adversario comercial en los territorios hemisféricos adyacentes a Norteamérica que antes la URSS respetó, en su lucha ideológica y enfrentamiento bipolar con los Estados Unidos de América. Por eso vemos una agresiva presencia china en todo el cono sur, Centroamérica y ahora ingresan de lleno en el Caribe Insular.

China promueve el libre comercio sin fronteras ni aranceles, mientras que la nueva visión estratégica del gobierno norteamericano va en dirección opuesta al libre comercio sin restricciones que inició el presidente Ronald Reagan, concibiéndose en el momento actual, la negociación forzada para lograr mejores tratados comerciales y un proteccionismo arancelario moderado y selectivo, aspectos claves para la recuperación de las industrias y corporaciones norteamericanas que han trasladado sus operaciones desde territorio continental debido a los altos costos en impuestos, salario y seguridad social.

Indudablemente, China puede representar nuevas inversiones, ayuda y cooperación para República Dominicana con el propósito de asegurar su influencia en este mercado y quizás intentar entrar a Norteamérica a través de productos manufacturados en nuestro país para exportación, dada nuestra posición privilegiada como Hub del Caribe, Centro y Sudamérica, sin embargo, el establecimiento de las relaciones diplomáticas lucen fueron imprudentes en el contexto geopolítico actual, con el surgimiento de esta especie de “Nueva Guerra Fría” con su “Muro de Bambú.”

Parece que parte de los acuerdos para el establecimiento de relaciones diplomáticas y visitas de Estado a China Popular por parte del Gobierno Dominicano, pudiera tener que ver con un acercamiento vital entre las partes para el ingreso por dos años como miembro pro-tempore del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con un compromiso para votar a favor de China en el debate para decisiones de futuras situaciones bélicas y crisis internacionales, a partir de enero del año 2019. Eso podría poner a nuestro país en serios aprietos frente a la potencia hegemónica que es E.E.U.U.

Estados Unidos de América mantiene una especie de freno estratégico a China Comunista en el Asia Lejana, a través de su alianza con el Imperio del Japón, la república de Taiwán y Corea del Sur, mejor conocida como la República de Corea. Esa trilogía de países exceptuando la India, son las economías más poderosas de esa región y combinadas compiten de manera cercana con China aunque con una ligera ventaja para este último país.

También Estados Unidos ejerce mucha influencia en las Filipinas, la República de Vietnam, mientras que el Reino Unido de Gran Bretaña y su mancomunidad, controla la poderosa economía emergente de Australia y casi todo el archipiélago de la Nueva Zelanda. Como se puede ver, el panorama geopolítico de China Popular está bastante limitado en su propia área de influencia y ha tenido que para vencer paulatinamente esos obstáculos, entrar con fuerza al olvidado continente africano, aprovechando las innumerables riquezas por explotar en África y logrando casi simultáneamente trasladar también, cuantiosas fábricas, industrias y capitales desde Europa hasta su país, una jugada que le está garantizando -en conjunto con un pacto de ayuda mutua y no agresión con la Federación Rusa de Vladimir Putin- construir su ascenso haciendo una ruta inversa desde las afueras del Asia Lejana, para luego volver con fuerza y derribar las economías que aún resisten su paso hacia la cima.

Existe una lucha por la hegemonía imperial planetaria, estando por un lado, la trilogía de Estados Unidos – Reino Unido – Unión Europea con sus aliados estratégicos, Brasil, Israel, Canadá, Colombia, Australia, Japón, Corea del Sur, Taiwán, entre otros y por el otro lado, la trilogía de China Comunista – Federación Rusa – Liga Árabe con sus aliados estratégicos Irán, Turquía, India, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, entre otros no menos importantes.

Y es al mismo tiempo un choque de civilizaciones que desean proyectar su cultura e influencia más allá de las fronteras regionales euroasiáticas a la que han estado limitadas tradicionalmente. China persigue control de todos los mercados, Rusia busca obtener la superioridad bélica mientras que los pueblos árabes desean imponer su influencia religiosa en occidente. Estados Unidos con el presidente Trump a la cabeza, desea mantener su hegemonía militar, fortalecer el aspecto sociocultural y el control económico compartido con el Reino Unido, mientras, la Unión Europea aboga por seguir siendo, el gran mercado intermedio entre oriente y occidente pero con vocación a compartir el manejo del sistema capitalista en categoría de iguales con Estados Unidos y Reino Unido.

Cabe recordar que la llamada “Guerra Fría” entre la antigua URSS y E.E.U.U. fue una lucha de espionaje y contención, con frentes de guerra lejos de los escenarios geopolíticos de influencia de ambas naciones, como la guerra de Vietnam y otros conflictos bélicos menores en otras partes del globo. El escenario europeo y el de América Latina, experimentaron un tipo de conflicto gradual no convencional a través de guerras económicas, espionaje masivo y sabotaje político, golpes de Estado, etc. sobretodo a partir de una especie de acuerdo implícito entre ambas potencias, iniciando con la crisis de los misiles cubanos de 1962, de respetar las áreas de influencia regional directa de cada Estado imperial.

Rusia liderada por Vladimir Putin tiene una visión ideológica de conservatismo a lo ruso que, de alguna manera coincide con la visión que ha comenzado a implementar el gobierno norteamericano del presidente Donald Trump a partir del 2016. Ambos países tiene el 80% de todo el arsenal nuclear de todo el planeta y están obligados a entenderse para garantizar incluso por vía de la fuerza, la paz mundial. El principal motivo de contención y litigación entre ambas potencias es el protectorado que Rusia ejerce sobre el régimen comunista de Cuba, la influencia económica y militar rusa en Venezuela y el interés de la Federación Rusa de expandirse económicamente -y por captación de territorio- a expensas de la debilitada, Unión Europea. Trump quiere una Unión Europea mas débil y menos dependiente de Estados Unidos, mientras que Putin desea la desintegración total de esta potencia emergente intermedia que frena su expansión en todos los órdenes.

El principal objetivo del régimen de Vladimir Putin es recuperar todo el antiguo territorio de la Rusia Zarista (la Rusia imperial) y el control geopolítico de los países satélites del viejo “telón de acero” en Europa oriental y central que existían en la época de apogeo de la URSS. Para poder asegurar ese control, Putin se garantizó la anexión por la fuerza de la península de Crimea, un acceso fundamental al Mar Negro y sus enormes reservas estratégicas de minerales, gas y petróleo, así como, un territorio eurasiático que comunica con Asia Central, Medio Oriente y Turquía.

El golpe final de la reintegración de la península de Crimea hacia Rusia, es lograr a través de una política de cerco y derribo, debilitar tanto a Ucrania (antigua gran república federada de la URSS y región de origen de los antiguos eslavos) que pueda facilitar su ocupación con poca resistencia y rápidamente, antes que cualquier reacción por parte de la OTAN, la Unión Europea y los países de occidente.

Otro elemento esencial de la política exterior neo-imperialista de Rusia es la intervención en la guerra civil siria a favor del bando republicano e institucional del gobierno de Bashar Al Assad. Las reservas petroleras y de gas que posee Siria a orillas del mar mediterráneo y en su territorio continental, son de vital importancia para Rusia poder garantizar una fuerte acumulación de riqueza y mantener el financiamiento al desarrollo de nuevas tecnologías de última generación, aumentando el poderío militar ruso.

La situación actual plantea que la presencia China-Rusa en Venezuela y Cuba principalmente y mucho más sutil en Nicaragua y Bolivia, busca detener o revertir los avances que va teniendo la política exterior norteamericana en la recuperación de zonas de influencia en Sudamérica y Centroamérica, además de lograr enclaves vitales para las guerras climáticas y cibernéticas que veremos desarrollar a lo largo de todo este siglo 21.

Finalmente, una de las apuestas de Rusia estaría en ganar-ganar en un posible escenario de conflicto nuclear entre China Popular y los Estados Unidos de América. Si ambas potencias deciden ir a la guerra directa, al no poder dirimir sus diferencias geopolíticas en el sudeste asiático, en América Latina y la llamada “guerra comercial” termina por derrotar a un bando que se muestre inconforme, la federación rusa y su líder Vladimir Putin emergerían -pese a su ligera inclinación a entenderse más con los chinos-, como la potencia de arbitraje y garante absoluta de la paz mundial, para obtener de esa forma el control real del sistema capitalista -sobre un mundo en ruinas por la guerra- y la supremacía del planeta que tanto anhelan.

La realidad precitada, explica esta especie de “revolución cultural nacionalista” la cual extrañamente protagoniza e impulsa en el área social, política, económica, comercial, judicial, geopolítica y artística, un hombre de negocios como el presidente Donald Trump en Estados Unidos y no un doctrinario e ideólogo tradicional, como suele ser y como lo era, por ejemplo, el líder del pueblo chino, Mao Tse Tung a mediados del siglo 20.

Esa especie de extraño “movimiento revolucionario de un nuevo tipo de derecha”, tendrá un peso determinante en los resultados de las elecciones de medio término del martes 6 de noviembre de 2018 en los Estados Unidos, como más adelante detallaremos.

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