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La Guerra de las Américas?

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Por: Marcos José Núñez / “Opinando” /

Conversaba en 2014 con el buen amigo, Héctor Silvestre, en la peña que teníamos en un conocido establecimiento comercial de la capital, acerca de los verdaderos motivos y el especial interés de los Estados Unidos de Norteamérica por mantener una presencia militar discreta pero estratégica en Colombia. Recordando aquel diálogo, me dispongo hoy a poner por escrito algunos de nuestros planteamientos hechos en aquel momento, ampliando las explicaciones.

Como todos sabemos, el narcotráfico internacional, tuvo en Colombia durante décadas, un enclave fundamental para la distribución de drogas psicotrópicas como la cocaína, la marihuana y la heroína. Para poder controlar un poco el flujo de la droga hacia su territorio, Estados Unidos decidió desde mediados de los años 80 del siglo pasado, asesorar al gobierno colombiano en su lucha contra ese lamentable flagelo. Como sabemos, Bolivia fue durante mucho tiempo en aquellos años, la gran finca de siembra y cultivo de la coca y otras drogas no menos importantes, para ser empacadas a Colombia, en la era del célebre narcotraficante internacional, Pablo Escobar Gaviria.

Muchos militares y agentes de la Drug Enforcement Administration de los E.E.U.U. (DEA) participaron en la implementación de posibles soluciones para enfrentar a los carteles de la droga y sus rutas de distribución, también las agencias de inteligencia de la gran nación del norte, aumentaron sus actividades en territorio colombiano, al descubrirse una alianza estratégica de protección mutua entre el narcotráfico organizado y la Fuerza Armada Revolucionaria Colombiana (FARC), un ejército de izquierdistas dedicados a la guerra de guerrillas contra el Estado colombiano desde 1961, quiénes inicialmente promovían la subversión del orden público democrático para establecer un nuevo régimen radical basado en las ideas castro-comunistas.

Con acciones contundentes y la colaboración antes descrita, el gobierno colombiano logró debilitar el gran poder del narcotráfico en Colombia, muchos carteles desaparecieron y otros tuvieron que mover sus operaciones a otros países, sin embargo -pese a un breve interregno de negociación e integración para la paz a mediados de la década de los 80-, las FARC como ejército irregular continuó en su lucha contra el Estado, recrudeciendo sus ataques con nuevas formas mas agresivas de terrorismo, aumento de los secuestros y la ampliación del territorio bajo su influencia directa, es decir, en los hechos, se convirtieron en un Estado dentro de otro, una situación a todas luces, inaceptable para el pueblo colombiano.

Es por ello que la creciente presencia en asesoría estratégica de los norteamericanos, así como, de oficiales de la inteligencia israelita, elaboraron planes para reducir a su más mínima expresión la incidencia de las FARC en Colombia. La concertación de esos planes coincidió con la presidencia del Sr. Andrés Pastrana y el ascenso al poder de su sucesor, un disidente del Partido Liberal de Colombia, el Dr. Álvaro Uribe Vélez.

El llamado “Plan Colombia” buscaba la revitalización económica y social de Colombia además de fortalecer la seguridad pública a través del intercambio de tecnología y armas de última generación, para combatir los remanentes del narcotráfico, reducir los cultivos de la droga y eliminar la influencia perniciosa de las FARC.

El Plan Colombia no tuvo quizás los resultados esperados, por lo que se procedió exclusivamente a aumentar la presencia militar y de inteligencia para desarticular a las FARC. El conflicto armado entonces sufrió una escalada armamentista, bajo los gobiernos del presidente Álvaro Uribe, esta vez, por una ofensiva agresiva e inteligente por parte del Estado colombiano que llegó a poner en peligro la existencia misma de las FARC. La presencia militar norteamericana entonces se hizo permanente en Colombia, simultáneamente a la inclusión de Colombia en el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un tratado que daba un decisivo acceso interno legal y económico a los Estados Unidos -vía los mercados- de todos los países miembros.

El ALCA cuyo origen se remonta a la Conferencia Panamericana de 1890 y que proponía por parte de los Estados Unidos, una drástica reducción de barreras arancelarias para el libre intercambio comercial a la que se opuso Argentina y Chile en ese entonces, por entender que se trataba de tempranas ambiciones de dominación imperialista norteamericana y por tanto derivó en un rotundo fracaso. Ese proyecto, sería retomado casi 100 años después, en la administración del presidente norteamericano, Ronald Reagan en 1984-85, pero su implementación formal se inició en la administración de Bill Clinton en 1994. La segunda fase del ALCA tras una ronda de negociaciones, se iniciaría en 2005 en todos los países de América exceptuando Cuba, teniendo como naciones líderes del acuerdo a Brasil y E.E.U.U. (por ser los mercados y países mas grandes) pero no fue posible su aplicación total por la vigorosa oposición del presidente Chávez, como líder del bloque regional emergente del socialismo-panamericanista del siglo 21 y aliado fundamental de La Habana.

En 2009, los gobiernos de Estados Unidos de América y la República de Colombia, firmaron un acuerdo para que el primero, aumente su presencia militar en suelo colombiano limitada específicamente a siete bases militares distribuidas por todo el territorio. La intervención, a partir de ese momento más directa de los Estados Unidos en los asuntos colombianos, creó mucho temor e inseguridad en sus vecinos venezolanos, a tal punto que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, denunció en aquella época, las supuestas intenciones de los Estados Unidos de América, de preparar una eventual invasión a Venezuela. Esa denuncia fue desmentida vigorosamente por el departamento de Estado de los E.E.U.U. y llevada al seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), donde fue prácticamente desechada.

Como respuesta ante esa posible amenaza, Hugo Chávez de todas formas decidió crear un organismo regional multilateral amparándose en su efectiva diplomacia del petróleo barato, sustentada en la llamada “Alternativa Bolivariana para las Américas” (ALBA) una medida para contrarrestar el ALCA y junto a una mayoría de países de la región, fundó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), entidad geopolítica cuyo objetivo primordial ha sido desde entonces debilitar la OEA y evitar la ampliación a otros países de la presencia de bases militares norteamericanas o la recuperación de la influencia directa de Norteamérica, en los asuntos internos de los países latinoamericanos.

Hay que recordar que con el ascenso del presidente Chávez al poder en Venezuela en 1999, casi por efecto dominó, nuevos líderes de una ola de populismo de izquierda mal llamado “socialismo del siglo 21” pero en realidad “nacionalistas-antimperialistas de izquierda”, influidos directamente por el presidente Chávez, comenzaron a ascender al poder en Sudamérica y Centroamérica: Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vásquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Lula Da Silva en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en Paraguay, Mauricio Funes en El Salvador, Manuel Zelaya en Honduras, Daniel Ortega en Nicaragua, Ollanta Humala en Perú, quedando solamente Colombia, Guatemala, Costa Rica, Panamá y Chile dentro de la región con gobiernos ideológicamente de centro derecha o centro izquierda, no alineados a los intereses de la influencia chavista desde Venezuela y con relaciones muy estrechas con Washington.

Estados Unidos veía con preocupación, la creciente influencia regional de esta nueva corriente ideológica cada vez más contestataria a su liderato hegemónico en el hemisferio occidental pero, no hubo reacción hasta el inicio de la segunda década de lo que va del siglo XXI, debido en parte a los intereses económicos del complejo militar-industrial en las guerras regionales del medio oriente. La presencia norteamericana en las bases militares colombianas, no sólo parece necesaria desde su óptica del poder y la autopreservación, sino casi obligatoria ante una situación como ésa. Además detectaron que de alguna manera el gobierno comunista de La Habana, estaba detrás de esa creciente influencia del socialismo del siglo 21, usando como palanca la riqueza petrolera venezolana, para cercar a los Estados Unidos de América dentro de su propia región y romper un poco el duro bloqueo al que han estado sometidos desde 1962.

Como sabemos, la historia contemporánea nos dice que el proyecto latinoamericanista de una gran nación confederada desde la Antártida, hasta lo que es hoy el Medio Oeste norteamericano, llamada “República de la Gran Colombia”, ideada originalmente por el Gral. Francisco de Miranda y parcialmente materializada en el norte de Sudamérica por el Gral. Simón Bolívar, durante la segunda y tercera décadas del siglo 19, fue retomada por los políticos chavistas de Venezuela pero a diferencia de lo que concibieron los padres fundadores de Sudamérica como Bolívar y San Martín, el objetivo que se buscaba con una especie de nueva “Gran Colombia” era la creación de un Supra-Estado socialista e imperialista en América Latina para rivalizar con los Estados Unidos de Norteamérica, algo intolerable para los intereses hemisféricos de Washington.

Es por ello que coincidiendo con la desaparición física de Hugo Chávez, se ha puesto en movimiento una serie de jugadas geopolíticas en la región con el propósito claro de desplazar esos regímenes adversos a Washington y con especiales relaciones económicas-militares con el eje China-Rusia-Irán, generando una importante tensión bélica permanente entre Venezuela y Colombia, por ejemplo, lo cual podría devenir en una peligrosa guerra binacional, máxime el hecho de que en la frontera de esos países mencionados, se ha detectado la posible presencia no confirmada de militares provenientes de potencias emergentes de Eurasia y el Lejano Oriente.

La irrupción del caso Odebrecht y el derribo de algunos mandatarios pro-chavistas y los denominados “golpes judiciales” que le han seguido en otros países, es probablemente la ejecución mas exitosa del plan para lograr la recuperación de la influencia y presencia norteamericana en Latinoamérica, no obstante, la beligerancia que todavía exhibe el decadente régimen chavista de Venezuela con Nicolás Maduro a la cabeza, aliado a Cuba, Nicaragua, y Bolivia (con apoyo militar de Rusia y apoyo económico de China), países que son focos permanentes de conspiración contra la democracia, fuerte tensión militar y consolidación de la presencia de las potencias nucleares orientales, ya mencionadas.

Es evidente que en un escenario como el descrito, la presencia militar norteamericana deberá aumentar ante una amenaza de gran envergadura en lo que se considera su “patio trasero”. Y Colombia como enclave geo-estratégico territorial –y ahora se añade con fuerza el Brasil, con un posible gobierno de derecha- que estaría jugando un papel fundamental en este nuevo esquema de enfrentamiento bélico-geopolítico ejecutado por fases a través de movilizaciones ciudadanas, revoluciones de colores, ascensos políticos insólitos de la derecha, cambios drásticos del modelo económico, guerras civiles-regionales e internacionales no convencionales (guerras comerciales por ejemplo) y conflictos armados de rápida resolución.

Entonces estaríamos eventualmente ante lo que podríamos denominar hipotéticamente, “La Guerra de las Américas”, un conflicto o choque político-económico-judicial a nivel hemisférico, lo cual podría considerarse como la fase previa a la posible ocurrencia de una especie de guerra internacional no convencional o incluso mundial, la tercera de su tipo en poco más de un siglo y que podría tener como causa o punto de inicio, los ataques terroristas en los E.E.U.U. del 11 de septiembre del 2001.

El objetivo en última instancia del eje de potencias emergentes revisionistas China-Rusia-Irán es implementar una política de cerco y derribo en contra de la influencia geopolítica y cultural de los Estados Unidos y su liderato sistémico a nivel mundial.

La Habana y Caracas han aprovechado en el pasado reciente la ola de gobiernos adversos a Washington, para servir de base y orquestar alianzas en contra del llamado “imperialismo norteamericano”, incluyendo en su peligrosa conspiración contra la paz mundial, a la República Dominicana y Haití, de manera que las potencias rivales de los E.E.U.U. –principalmente China- puedan tener quizás las condiciones para la posible instauración de bases estratégicas encubiertas como inversiones en puertos, energía y explotación petrolífera-minera, una verdadera amenaza a la hegemonía norteamericana -y un indicio de imperialismo de nuevo cuño desde Eurasia- con los planes de llevar la próxima gran guerra de última generación, desde las antípodas asiáticas al corazón de América y al territorio mismo de los Estados Unidos, teniendo en la mira, las grandes mega-ciudades costeras de aquella gran nación del norte.

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