Home / Opinion / Lilís: la muerte de un siglo

Lilís: la muerte de un siglo

Ling Almanzar

Ling Almanzar

Por: Ling Almanzar/

Julio 26, 1899

El XX dominicano fue un siglo prematuro: empezó el 26 de julio de 1899. Fue también violento: se abrió a tiros, en Moca. Entramos en el siglo de forma atropellada y convulsa. Fuimos los primeros en entrar y los últimos en salir: precipitación y rezago, adelanto y tardanza. Cruel paradoja.

Juzgo oportuno echar una mirada a esa línea histórica que nos sacó de un siglo y nos metió en otro. Mi mirada es atenta y reconstruye el tiranicidio de 1899. El tiranicidio partió nuestra historia y transformó el rumbo social dominicano. Terminó con un régimen tiránico y dio paso a luchas intestinas, querellas y contiendas fratricidas. Esas reyertas reflejaron una profunda división entre jimenistas y horacistas. El país se convirtió en una gallera nacional: bolos y coludos, pataprietas y patablancas. Ahora doy paso a una crónica que reconstruye un episodio medular de nuestra historia.

Lilís está en Moca. Sus papeletas son papel mojado: se han deteriorado tanto, que valen menos que un bledo. El tirano pretende recogerlas y aplacar la oposición política que hierve en el Cibao. El ferrocarril ha despojado de tierras a campesinos y recueros de la región. Uno de ellos entrará a la historia como el magnicida de Moca. “Mon” Cáceres tenía un valor implacable. Pero no actúa solo: junto a su primo Horacio Vásquez y Jacobito de Lara, espera al déspota con gallardía y ansiedad. Horacio permanece a la entrada del pueblo por si la bestia escapa. Si no lo mata “Mon”, lo mata él. Lilís anda sin escoltas: está protegido con resguardos. El hijo de Josefa Level criado por Mañén Rose, no puede caer al acecho de sus enemigos. Ha salvado la vida en otras ocasiones, y espera salir airoso una vez más.

El “bañaperros” es manco: una de sus manos quedó inutilizada en Haití, en una reyerta con Juan Antonio Abad por una frisa cuya posesión se disputaban ambos. La cosa terminó a tiros, con un manco y un muerto. Si algo tiene el tirano es su fiel puntería: donde apunta da en el blanco. Ese defecto físico no le impedirá defenderse este 26 de julio, en el negocio de don Jacobo de Lara. Este nunca pensó que su hijo estuviera en la trama heroica. En verdad, Jacobito es un muchacho inquieto y brioso, no exento de dolencias mentales. Por su mente pasan la gloria, el destino y el heroísmo. Su delirio heroico lo mueve a la acción para abatir al tirano que oprime al pueblo. Está animado por una fuerza muy poderosa: la acción de Bruto. Junto a “Mon” despierta en un baño de sangre, con el tirano hundido a sus pies. El heroísmo es un hecho trágico y libertador. La acción sucede rápido, en un santiamén: Bruto triunfa otra vez. Los conjurados disparan y abaten al tirano, y este dispara también y mata a un pordiosero. Otro pordiosero le había entregado una carta enviada por su amante Evangelina López, la “Cigua”, en la que le advertía del complot. Él, sin abrirla, se la metió en los bolsillos: pensó que era para pedirle. Esa indiferencia por el peligro revelaba en él una terrible autoconfianza. Claro, no debía temer en el negocio de su dilecto don Jacobo, porque si las papeletas provocaban malestar, sus redes de espías tenían la situación bajo control. “La historia es el dominio de lo imprevisto”, dice Octavio Paz.

El cadáver permanece tendido, en aquella tierra heroica, a la espera de que alguien lo recoja. Por fin, Pedro “Perico” Pepín, el gobernador de Santiago, se apiada de su jefe muerto, lo recoge y lo lleva a una iglesia de esa provincia. El tiempo es una urgencia. Los lilicidas andan por el Cibao y se refugian en San Francisco. En tanto, en la capital la herencia del tirano asume el poder. “Manolao” Figuereo es el último aletazo de ese régimen agónico. Horacio Vásquez entra triunfante y forma un gobierno provisional. Da paso a Juan Isidro Jimenes y él se convierte en vicepresidente y delegado en el Cibao. Su cuota de poder está asegurada. Aún la división no ha hecho estragos en las filas de horacistas y jimenistas: por eso ambos caudillos se avienen a un gobierno compartido. Una fuerza tan poderosa como el heroísmo fue el origen de la división. En efecto, la ambición horacista se rebela y tumba a Jimenes, el 26 de abril de 1902. En lo adelante, los bandos serán irreconciliables y no se hablará más que de caudillismo y rebelión. Pero el lilisismo resurge: rompe sus cadenas y saca la cabeza como hidra resabiosa. El 23 de marzo de 1903, la Fortaleza Ozama se vuelve un hervidero humano. Sobresalen jóvenes heroicos; recuerdo dos: Remigio Zayas (el “Cabo Millo”) y Casimiro Cordero, que cae en la lucha. Aquiles Álvarez entra en el anecdotario de nuestras contiendas. Al llegar a la ciudad, los enemigos lo reciben a cañonazos. Él dice: “Mis enemigos me saludan porque saben que llegó un hombre”.

Los horacistas se defienden con rabia, como fiera celosa, y los opositores tratan de tomar el poder. Esto da paso a la leyenda de Los Montones, donde Eliseo Cabrera y Demetrio Rodríguez se cartean con vocación epopéyica. Cabrera se lleva la peor parte: la suerte lo traiciona. Demetrio es hombre de altos vuelos: tras sus azares y pesares en la manigua nuestra, va a Europa, adquiere nociones de alemán y recita a Goethe. Parece un galán tropical en tierra europea. Es un diletante que no dispara fusiles sino poemas y literatura. Alejandro Woos y Gil presidente, Eugenio Deschamps vice: un dúo fabuloso. El primero es un lilisista que no pierde la oportunidad de demostrarlo. Barrido el gobierno, organiza una farsa electoral y favorece a los suyos. Había sido un títere de Lilís en 1885-86 tras la renuncia de Francisco Gregorio Billini, el afortunado novelista de “Baní, o Engracia y Antoñita”. Deschamps es un espíritu antililisista que se desenvuelve en el periodismo y el foro. La coyuntura favorece una avenencia entre bolos y coludos. Así, Carlos Felipe Morales Languasco asume un compromiso urgente: cohesionar a los gallos y limpiar el gobierno. Aunque no quiere convertir la avenencia en una cruzada de fe -por eso cuelga los hábitos antes de embestir al lilisismo agónico-, se afinca en el horacismo y toma a “Mon” como vicepresidente. No tiene mejor opción ni hace mejor elección. “Mon” es fiel a Horacio pero con luz propia: es un astro, no un satélite. Sin embargo, el horacismo es más ambicioso de lo que parece, y le exige al presidente más puestos y más prebendas. La alianza es insostenible. En verdad, la intentona autogolpista es buen pretexto para barrer a los horacistas y encumbrar a los jimenistas. En efecto, Morales Languasco huye a Haina, se rompe una pierna y fracasa en el intento. Su propósito ha quedado al desnudo. No tiene más camino que el exilio: termina en Puerto Rico. “Mon” se encima, pacifica el país -principalmente la Línea Noroeste- y fortalece el Estado. Es fuerza y progreso: lo que el país reclama. No obstante, el magnicida de Moca tendrá un destino trágico. Así como él mató a Lilís, otros lo matarán a él. Solo que esos otros no serán héroes sino asesinos. Luis Tejera, movido por el resentimiento de no haber sido designado jefe de la plaza de Santo Domingo, mata a “Mon” en Güibia. No faltan intentos de salvarlo: su escolta lo lleva a la casa de los Peynado, cerca de la Legación yanqui. No hay nada que hacer: el cuerpo está ya sin aliento. Así entrega su vida, su alma, su legado. La historia dominicana se hace a tiros y se escribe con sangre de familia y con apellidos.

Un comentario

  1. Mientras leía, sentí que leía a Francisco Bonó, hay mucha influencia del mismo en lo leído, desde mi perspectiva, al menos una similitud ineludible. . Del contenido de la lectura os pregunto querido amigo Ling: Si así se escribe la historia dominicana, ¿en qué momento, y por qué, dejó de escribirse esa historia?

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*