Reportajes

Médicos argentinos en pandemia: miedo, hoteles y sin beso

BUENOS AIRES (AP) — El doctor Matías Norte tardó más de 20 minutos en colocarse su “armadura” antes de iniciar la última recorrida por el área COVID del hospital de Marcos Paz, en Buenos Aires, tras una larga jornada. La fatiga en el rostro del médico argentino protegido por barbijo, gafas y una máscara facial no puede ser advertida por el paciente, como tampoco sus miedos e incertidumbre.

 

“Agarrame fuerte del brazo”, le susurró Matías al hombre de 58 años que gemía de dolor mientras un asistente le curaba una herida en el abdomen tras una intervención de intestino. El paciente había dado positivo a coronavirus previo a la cirugía.

 

El protocolo indica contacto mínimo e indispensable con los contagiados de coronavirus, pero al médico le resulta difícil de cumplir con quienes transitan la enfermedad en completa soledad.

 

Esa disyuntiva entre la empatía con los pacientes y el temor a contagiarse acompañará a Matías, jefe de cirugía de 41 años, durante el regreso a su casa mientras conduce una hora por la desierta autopista que une la capital argentina con los suburbios del oeste. Es madrugada de domingo y una espesa neblina vuelve el trayecto más desolador.

 

Las dudas se disipan apenas su esposa Silvina Cáceres Monié abre la puerta del pequeño pero acogedor departamento. El beso en la boca y el abrazo deberán esperar a que el médico se duche por enésima vez en el día.

 

“Cuando entro es una alegría tan grande que te olvidás de todo. Estas contento de llegar a casa. Se terminó la carrera del día”, cuenta Matías mientras se devora una porción de pizza hecha por su mujer y toma una taza de café.

 

“La vida nuestra está en pausa”, dice mirando a Silvina a los ojos. Se casaron a fines del año pasado. “No tenemos hijos, no me siento bien ni tranquilo programando una familia en este contexto. No me preocupa el mundo en el que uno va a traer un hijo sino que yo esté en ese mundo porque hay que seguir en la primera línea”.

 

Matías es especialista en cirugía oncológica. Ese sábado se levantó temprano y concurrió primero al hospital Español, uno de los tres en los que trabaja. Luego se dirigió al de Marcos Paz, donde realizó dos intervenciones quirúrgicas, atendió pacientes y llamó a sospechosos de coronavirus para comunicarles el resultado del hisopado.

 

El pluriempleo es un rasgo que caracteriza el personal médico en Argentina. Como en su mayoría están mal pagos, para ganarle la carrera a la inflación —13,6% acumulada en el año— se ven obligados a trabajar en varios hospitales y más de 12 horas al día. En un contexto de pandemia, es una de las principales causas de contagio junto a la falta de equipo de protección adecuado, según infectólogos, sindicatos y profesionales de la salud.

 

Médicos, enfermeros y el resto de los empleados de hospitales equivalen al 7% de los más de 130.000 contagiados en el país desde que se detectó el primer caso a principios de marzo, de acuerdo a las últimas cifras oficiales. El porcentaje alcanza para alterar el funcionamiento de un sistema sanitario que carece de personal suficiente y que día a día pelea por evitar el colapso, como ha reconocido el propio gobierno al mantener al país bajo cuarentena desde el 20 de marzo.

 

Por el miedo a contagiar a familiares, varios agentes de la salud se mudaron a hoteles, que en algunos casos pagan de su propio bolsillo o son costeados por municipios.

 

Otros dejaron a sus hijos al cuidado de parientes o cambiaron de hábitos. Andrea Cortés, una enfermera de 49 años, hace casi cuatro meses que no besa ni abraza a su pareja, Ariel, aunque viven bajo el mismo techo. Casi el mismo tiempo que lleva sin ver a su hija Daiana, de 27 años.

 

“Cuando vuelvo a mi casa yo no sé cómo vuelvo. Ahí me surgen todas las dudas. Coloco la llave en la puerta y me pregunto: ¿habré hecho bien mi trabajo? ¿Tomé todas las precauciones? ¿Estuve atenta? ¿Me contagié? ¿Llevo el virus conmigo? Ese miedo y dudas hacen que sostenga esta distancia con la familia hasta que todo termine porque los amo y los tengo que cuidar”, comentó la mujer.

 

Andrea, quien decidió estudiar enfermería luego de la muerte de su hermano en un accidente, trabaja un promedio de 17 horas por día en dos hospitales de la capital y no ha tenido descanso.

 

Lleva la cuenta de pacientes a su cargo que fallecieron por COVID. Mientras toma mates en la cocina antes de irse a dormir, recita de memoria el protocolo para envolver sus cuerpos en bolsas, pero cambia el semblante al recordar a una señora mayor de su sector que se contagió en un geriátrico y que le agradeció “porque le hablé. Todavía está internada, estable”.

 

“Nuestra profesión es atender al paciente desde que se lo engendra hasta la hora de su muerte. Esta pandemia nos coloca en el lugar más difícil, ya que somos los únicos que estamos ahí para verlos en su dolor y tristeza de no poder despedirse de sus seres queridos”, reflexionó.

 

Juan José Comas, de 28 años, se recibió de médico a fines del año pasado. Cuando el coronavirus llegó a la Argentina se ofreció como voluntario en el hospital de Ezeiza, al suroeste de Buenos Aires, porque “siendo médico, no me podía ni loco quedar atrás de esto” y también para retribuirle al Estado por estudiar en la universidad pública.

 

Todavía no rinde examen de residente, pero en cuestión de meses sumó una experiencia que en otro contexto le hubiera llevado años. Dejó en abril la casa donde vivía con sus padres para protegerlos, se mudó a la habitación de un hotel junto a tres médicos a los cuales no conocía y se contagió de COVID sin síntomas, pero cumplió cuarentena y volvió al hospital.

 

“Fui un par de veces a verlos detrás del portón”, comentó sobre sus padres. “Se extrañan mucho”, al igual que sus amigos del rugby.

 

“Mi vida va del hotel al hospital. Aunque te lleves muy bien necesitas tu espacio. Voy frente al ventanal a leer o me voy a caminar. No salir de acá, te quema”, admitió en la inmensa y lujosa habitación en la que desentonaban cuatro camas pequeñas sin hacer, un tender con ropa lavada y varias bolsas de basura con botellas y plásticos para reciclar porque, según él, el coronavirus también tiene que ver con el daño al medio ambiente.

 

En el mismo centro de salud, hace tres meses que la enfermera Marcela Brancati ve crecer a su hija Agostina, de nueve años, a través de las fotos que le envía por Whatsapp su madre, a quien le dejó la custodia de la niña.

 

“Jamás estuvimos tanto tiempo separadas, es muy difícil. A veces me llama llorando, que no se aguanta y que quiere volver (a casa). Entonces hay que explicarle que no me puedo arriesgar a traerla, que falta cada vez menos”, comentó la joven de 31 años en un momento de descanso.

 

¿Vale la pena el sacrificio? “A mí me gusta estar con los pacientes, charlar, atenderlos. Los pacientes te quieren ver la cara, es difícil no poder mostrarles tu cara, abrazarlos o darles una palmeada. Me cuesta mucho”.

 

La psicóloga Cecilia Romero, quien ofrece asistencia al personal médico, aseguró que después de tantos meses de pandemia “están angustiados porque esto se está prolongando. Por momentos manifiestan que no quieren venir a trabajar porque tienen miedo. Surge la culpa de contagiar a otro, de contagiar a sus familias”. También se reportan “casos de discriminación, son juzgados por estar trabajando en el hospital”.

 

Meses atrás, el cirujano Matías Norte le pidió a su mujer que lo ayude a armar un bolso con ropa y objetos de higiene personal porque “capaz un día no puedo volver más” si se contagia. “Todavía tengo el bolso en el baúl del auto”.

 

(La fotógrafa Natacha Pisarenko y el videoperiodista Víctor Caivano contribuyeron con este reporte)

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